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De la búsqueda jurídica a la inteligencia jurídica: tecnología, especialización e inteligencia artificial en el Derecho Deportivo.

Foto del escritor: Camilo Enrique Martínez Ripamonti
Camilo Enrique Martínez Ripamonti
31 ago
10 min de lectura

Camilo Enrique Martínez Ripamonti.


Durante las últimas décadas, la tecnología se incorporó progresivamente a la práctica jurídica. La digitalización de expedientes, las bases de datos, los sistemas de gestión documental y los buscadores transformaron el trabajo diario de abogados, jueces, árbitros, federaciones y departamentos jurídicos.


Sin embargo, estas innovaciones compartían una característica esencial: facilitaban el acceso y la organización de la información, pero dejaban prácticamente intacto el núcleo del razonamiento jurídico. El profesional seguía siendo quien debía localizar la norma relevante, interpretar su contenido, identificar precedentes, distinguir fuentes y construir, a partir de ellas, una respuesta jurídicamente defendible.


La irrupción de la inteligencia artificial generativa supone un cambio cualitativamente distinto. Por primera vez, las herramientas tecnológicas no se limitan a almacenar o recuperar información, sino que pueden interactuar con ella mediante lenguaje natural: resumen documentos, relacionan conceptos, estructuran argumentos y asisten en determinadas fases de la investigación jurídica. La cuestión ya no es si la tecnología tendrá un papel relevante en la profesión jurídica, sino qué ocurre cuando la inteligencia artificial deja de ser generalista y comienza a especializarse en ámbitos concretos del Derecho.


El Derecho Deportivo constituye un terreno especialmente adecuado para analizar esta transformación. Su pluralidad de fuentes, su dimensión internacional, la coexistencia de órganos administrativos, federativos, judiciales y arbitrales, y la constante producción normativa lo convierten en un verdadero laboratorio para el desarrollo de nuevas formas de inteligencia jurídica.

De la digitalización del Derecho a la inteligencia jurídica

La primera gran revolución tecnológica aplicada al Derecho consistió en digitalizar la información antes dispersa en papel. Las bases de datos permitieron después indexar legislación, jurisprudencia y doctrina y localizar en segundos documentos que antes exigían horas de búsqueda.


¿El siguiente paso? Mejorar los motores de búsqueda. Ya no bastaba con almacenar documentos: había que encontrarlos eficazmente. El jurista aprendió a trabajar con palabras clave, operadores booleanos, filtros temporales y criterios de relevancia.


En los últimos años, sin embargo, se está produciendo una nueva transición. El usuario empieza a abandonar parcialmente la lógica tradicional de búsqueda para adoptar una lógica conversacional. 


En un buscador jurídico tradicional, el abogado debe conocer aproximadamente qué está buscando. Introduce determinadas palabras, recibe una lista de resultados y posteriormente revisa los documentos hasta identificar cuáles son relevantes. En contraste, en un sistema basado en inteligencia artificial, el punto de partida puede ser una pregunta compleja formulada en lenguaje natural. Por ejemplo: cuál ha sido el criterio predominante de determinados órganos en relación con una cuestión concreta, qué normativa resulta aplicable a un supuesto determinado o cuáles son los principales argumentos utilizados en decisiones anteriores.


Esto introduce una idea distinta: no limitarse a buscar documentos, sino interrogar un conjunto de conocimiento jurídico, reduciendo el coste de la investigación previa al razonamiento jurídico.

Los límites de la inteligencia artificial generalista en el Derecho

El entusiasmo generado por los grandes modelos de lenguaje debe convivir con una realidad evidente: el Derecho exige niveles de precisión, trazabilidad y fiabilidad particularmente elevados. Pues, una respuesta aparentemente convincente puede resultar jurídicamente inútil si se fundamenta en una norma derogada, atribuye una decisión a un órgano incorrecto o cita una resolución inexistente.


Uno de los principales problemas asociados al uso de sistemas generalistas es precisamente la denominada “alucinación”: la generación de información plausible pero incorrecta. En una conversación informal este riesgo puede resultar asumible. En un escrito procesal, una consulta profesional o una decisión disciplinaria, no lo es.


No todas las fuentes poseen el mismo valor. No todas las resoluciones tienen idéntica autoridad. No todas las normas resultan aplicables a todos los sujetos. No toda jurisprudencia sigue siendo vigente. Y, sobre todo, no todo documento jurídicamente relacionado con una cuestión tiene la misma relevancia para resolverla. Por ello, la discusión sobre inteligencia artificial jurídica debería desplazarse desde la capacidad lingüística del modelo hacia la calidad del ecosistema de información que lo rodea.


La pregunta deja entonces de ser “¿qué modelo de inteligencia artificial utiliza esta herramienta?” y pasa a ser también “¿Sobre qué fuentes trabaja? ¿Cómo están seleccionadas? ¿Cómo se actualizan y de qué manera puede el profesional verificar la respuesta?”.

De la inteligencia artificial generalista a la especialización jurídica

La especialización constituye probablemente una de las siguientes fases naturales en la evolución de la inteligencia artificial aplicada al Derecho.


Los modelos generalistas poseen una gran amplitud de conocimiento, pero esa misma amplitud puede ser una limitación cuando el usuario necesita operar dentro de un ecosistema normativo muy concreto.


Una herramienta especializada debería ser capaz no solo de procesar lenguaje jurídico, sino también de comprender la arquitectura de una determinada disciplina. Esto implica identificar qué fuentes forman parte del sistema, qué órganos las producen, qué relaciones existen entre ellos, qué normas tienen preferencia, cuáles han sido modificadas y cómo evoluciona la interpretación de determinados conceptos.


En este contexto adquiere especial relevancia la noción de corpus jurídico especializado. No se trata simplemente de incorporar documentos de forma masiva: la acumulación indiscriminada de información no garantiza mejores respuestas.


La construcción de un corpus jurídico útil requiere selección, clasificación, actualización y verificación. Requiere distinguir entre normas, resoluciones, circulares, reglamentos, jurisprudencia y documentación puramente administrativa. Requiere también comprender el ámbito temporal y material de cada fuente. La inteligencia artificial jurídica empieza así a parecerse menos a un buscador y más a una infraestructura de conocimiento organizada alrededor de una disciplina.

El Derecho Deportivo como ejemplo paradigmático

El Derecho Deportivo presenta características que hacen especialmente visible esta necesidad de especialización. En pocas ramas del Derecho conviven con tanta intensidad fuentes nacionales, internacionales, privadas, administrativas, federativas y arbitrales.


Un abogado deportivo puede encontrarse en una misma semana analizando legislación estatal, reglamentos federativos, resoluciones disciplinarias, normativa internacional, decisiones arbitrales, estatutos de asociaciones deportivas o criterios emitidos por organismos distintos.


En el fútbol, por ejemplo, pueden resultar relevantes normas nacionales junto con reglamentos de la federación correspondiente, normativa de una liga profesional, disposiciones de FIFA, reglas UEFA y jurisprudencia arbitral internacional.


El problema se multiplica cuando se amplía la perspectiva a otros deportes, cada uno con sus propios órganos, estructuras competitivas y reglamentos.

Esta realidad produce una paradoja interesante. El Derecho Deportivo es un ámbito profundamente regulado, pero precisamente por ello puede resultar difícil identificar con rapidez toda la regulación relevante. El problema no es la ausencia de información. El problema es su dispersión.


La información jurídica puede encontrarse distribuida entre páginas web institucionales, bases de datos, repositorios, documentos PDF, reglamentos actualizados periódicamente y resoluciones publicadas con distintos criterios de clasificación.


En consecuencia, una parte significativa del trabajo jurídico no consiste inicialmente en interpretar el Derecho, sino en reconstruir el universo normativo necesario para poder interpretarlo.

El coste invisible de la búsqueda jurídica

Imaginemos que un club recibe una sanción disciplinaria y solicita asesoramiento sobre las posibilidades de recurso.


Antes incluso de analizar el fondo del asunto, el abogado debe resolver una serie de cuestiones preliminares. Debe localizar el reglamento aplicable, comprobar su versión vigente, identificar el órgano que ha dictado la resolución, determinar el órgano competente para conocer del recurso, localizar precedentes relevantes y valorar si existen criterios anteriores comparables.


Dependiendo del caso, puede ser necesario consultar también jurisprudencia administrativa o judicial, normativa nacional y, en determinados supuestos, decisiones arbitrales o normas internacionales. Solo después de completar este proceso comienza realmente el trabajo interpretativo.


Esta fase previa consume horas profesionales y, muchas veces, el coste no deriva de la complejidad jurídica del caso, sino de la fragmentación de las fuentes. El objetivo no debería ser sustituir el razonamiento del abogado, sino reducir el tiempo dedicado a localizar, ordenar y verificar la información que posteriormente permitirá desarrollar ese razonamiento.


Desde esta perspectiva, la inteligencia artificial no compite con el abogado en aquello que constituye el núcleo de la profesión. Lo que hace es desplazar el punto en el que empieza el trabajo intelectual de mayor valor.

Qué debería exigirse a una inteligencia artificial aplicada al Derecho Deportivo

La primera es la trazabilidad. Una respuesta jurídica debería permitir regresar siempre a la fuente que la sostiene. El profesional necesita comprobar de dónde proviene una afirmación, revisar el contexto del documento y verificar si la interpretación realizada resulta correcta.


En segundo lugar, resulta imprescindible trabajar con fuentes fiables. La calidad del sistema depende en gran medida del corpus sobre el que opera, especialmente cuando abundan reglamentos modificados periódicamente y resoluciones publicadas de forma descentralizada.


En tercer lugar, debe garantizarse la actualización. Una herramienta que ofrece información jurídicamente correcta pero desactualizada puede resultar tan peligrosa como una herramienta que ofrece información incorrecta.

El cuarto requisito es la especialización institucional. Una inteligencia artificial aplicada al Derecho Deportivo debería distinguir la naturaleza de los diferentes organismos y comprender que una resolución administrativa, una decisión federativa o un laudo arbitral no ocupan necesariamente la misma posición dentro del sistema.


Finalmente, debe preservarse el papel central del profesional. La inteligencia artificial puede identificar precedentes, comparar decisiones o sugerir líneas argumentativas, pero la evaluación final exige estrategia, experiencia, comprensión del contexto, valoración probatoria y, sobre todo, responsabilidad profesional.

De localizar precedentes a identificar criterios jurídicos

Uno de los ámbitos más interesantes de esta evolución es la posibilidad de pasar de la búsqueda documental a la identificación de tendencias interpretativas. Tradicionalmente, la investigación jurídica funciona de forma documental. El abogado encuentra una serie de decisiones y, tras analizarlas, intenta reconstruir el criterio utilizado por el órgano correspondiente. La inteligencia artificial puede facilitar enormemente este proceso. 


En lugar de formular una búsqueda exclusivamente basada en palabras clave, podría ser posible preguntar directamente cuáles han sido los principales criterios utilizados durante un periodo determinado respecto de una cuestión concreta.


La herramienta podría identificar resoluciones relevantes, ordenarlas cronológicamente, mostrar fragmentos relacionados y permitir al jurista analizar si existe una línea interpretativa consolidada o, por el contrario, decisiones divergentes.


Esto no elimina la necesidad de leer las resoluciones. Pero modifica radicalmente la fase previa. El jurista ya no comienza frente a una lista potencialmente extensa de documentos, sino frente a una estructura inicial del problema que posteriormente puede verificar y desarrollar.


La diferencia entre ambos modelos puede resumirse de forma sencilla: el buscador jurídico responde a la pregunta “¿dónde está la información?”. La inteligencia jurídica aspira a ayudar a responder una pregunta diferente: “¿qué significa conjuntamente esta información?”.

La verificación como principio esencial

Existe, sin embargo, un riesgo que debe evitarse. Cuanto más sencilla resulte la interacción con la inteligencia artificial, mayor puede ser la tentación de aceptar automáticamente sus conclusiones.


En Derecho, precisamente, debería ocurrir lo contrario: la facilidad de uso debe ir acompañada de una cultura de verificación. El profesional debería poder revisar el documento original, identificar el fragmento utilizado y comprobar si la conclusión formulada por el sistema se corresponde realmente con el contenido de la fuente. Por ello, probablemente uno de los mayores elementos de diferenciación entre herramientas jurídicas futuras no será únicamente la calidad de la respuesta generada, sino la capacidad para explicar de dónde procede esa respuesta.


En otras palabras, el futuro de la inteligencia artificial jurídica no depende solo de ofrecer respuestas más inteligentes. Depende también de ofrecer respuestas más auditables.

Nuevos modelos de investigación en Derecho Deportivo

La combinación entre inteligencia artificial y corpus jurídicos especializados abre posibilidades especialmente interesantes para la investigación en Derecho Deportivo.


Podrían analizarse, por ejemplo, cientos de resoluciones disciplinarias para determinar cómo ha evolucionado la interpretación de una determinada infracción.


También sería posible estudiar diferencias entre órganos, identificar argumentos recurrentes, detectar cambios de criterio o localizar precedentes que, mediante sistemas de búsqueda tradicionales, podrían pasar inadvertidos.


Estas aplicaciones pueden resultar útiles no solo para abogados. Federaciones, clubes, ligas, asociaciones, investigadores y universidades pueden beneficiarse de sistemas capaces de estructurar cantidades crecientes de información jurídica. También pueden favorecer un mayor conocimiento del propio sistema regulatorio.


Cuando las decisiones están dispersas y resulta difícil localizarlas, el acceso real a los criterios utilizados por una institución puede ser limitado. Una tecnología que facilite su identificación y comparación puede contribuir indirectamente a mejorar la transparencia y previsibilidad jurídica.

El surgimiento de herramientas verticales

En distintos ámbitos jurídicos comienza a observarse una tendencia hacia soluciones tecnológicas cada vez más especializadas.


La lógica es sencilla: un abogado fiscal no necesita exactamente el mismo universo de fuentes que un especialista en propiedad intelectual. Un profesional dedicado al arbitraje internacional trabaja con información diferente a quien se ocupa principalmente de Derecho laboral.


El desarrollo tecnológico parece dirigirse, por tanto, hacia una coexistencia entre grandes sistemas generalistas y herramientas verticales construidas alrededor de necesidades concretas. El Derecho Deportivo forma parte de esta tendencia.


Entre ellos se encuentra Athlex, iniciativa en la que participo personalmente y que busca aplicar inteligencia artificial sobre un corpus específicamente estructurado alrededor del Derecho Deportivo. 


Por razones evidentes, no pretendo convertir estas líneas en una presentación del proyecto, sino mencionarlo únicamente como ejemplo cercano de una tendencia más amplia: el tránsito desde herramientas jurídicas generalistas hacia sistemas diseñados para comprender ecosistemas regulatorios específicos.


Probablemente veremos cada vez más desarrollos similares en otras áreas altamente especializadas.

¿Sustituirá la inteligencia artificial al abogado deportivo?

La pregunta aparece inevitablemente cada vez que se analiza la incorporación de inteligencia artificial a una profesión. Sin embargo, quizá esté mal planteada. La tecnología jurídica históricamente no ha eliminado la profesión, sino que ha modificado las tareas que forman parte de ella. 


Las bases de datos no sustituyeron a los abogados por hacer innecesario acudir físicamente a determinadas colecciones jurisprudenciales. Los procesadores de texto tampoco redujeron la necesidad de redactar escritos jurídicos. Simplemente modificaron la forma en que se realizaban determinadas actividades. Es razonable pensar que con la inteligencia artificial ocurrirá algo similar, aunque probablemente con una intensidad mayor.


El abogado seguirá siendo responsable de definir el problema, seleccionar la estrategia, interpretar las fuentes, valorar los hechos, interactuar con el cliente y asumir profesionalmente las conclusiones. Lo que puede cambiar significativamente es la cantidad de tiempo dedicada a determinadas tareas intermedias. Si localizar veinte resoluciones relevantes requiere diez minutos en lugar de varias horas, el valor del abogado no desaparece. Se desplaza hacia aquellas capacidades donde su intervención resulta verdaderamente diferencial.

La nueva realidad del jurista

La transformación tecnológica del Derecho no consiste únicamente en introducir nuevas herramientas, sino en modificar la relación del jurista con la información.


Durante décadas, buena parte de la investigación jurídica estuvo condicionada por la capacidad de encontrar documentos. Las bases de datos digitales redujeron enormemente esa dificultad. La inteligencia artificial puede representar el siguiente paso: ayudar no solo a localizar información, sino también a organizarla, relacionarla y hacerla más accesible para el razonamiento profesional. El Derecho Deportivo constituye un ámbito especialmente adecuado para esta evolución.


Su carácter internacional, la pluralidad de fuentes, la diversidad institucional y la dispersión normativa convierten la investigación jurídica en una actividad particularmente exigente. El desafío consiste en desarrollar herramientas que no sacrifiquen rigor a cambio de velocidad. Especialización, trazabilidad, actualización y verificación deberían convertirse en principios esenciales de cualquier sistema de inteligencia artificial jurídica.


El objetivo no puede ser crear una máquina que decida por el abogado, sino herramientas que le permitan llegar antes al punto en el que su conocimiento realmente aporta valor. Quizá por ello el futuro del Derecho no esté definido por una competencia entre juristas e inteligencia artificial, sino por una nueva forma de ejercer la profesión en la que ambos operen conjuntamente.


En un sector tan fragmentado y dinámico como el Derecho Deportivo, esa transformación no pertenece únicamente al futuro. Ya ha comenzado.


 
 
 

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